LA CAJETILLA DE CIGARROS

Seis mil quinientos chilenos se adueñaron del Morro, con ciento cuarenta y cuatro muertos. No fue un esfuerzo heroico, sino el número abrumador de sus soldados.
Al enterarse, un capitán peruano detonó con su rifle una mina, matando a tres enemigos. Disipado el humo, el capitán García y cuatro soldados fueron rodeados por treinta chilenos al mando del teniente Luján, tomándolos prisioneros. Llegó un coronel, quien ordenó al oficial:
Vaya a la falda del Morro y fusílelos. E iniciaron el descenso. Habrían caminado una cuadra cuando García se detuvo y, sereno, le dijo al oficial:
¿Me permite, teniente, encender un pitillo?
_ No hay problema. Fume hasta llegar a la falda.
_ ¿Fuma usted, teniente? -añadió García.
_ Sí, gracias -contestó Luján aceptando un cigarro.
_ Bueno, -siguió García- siendo mi último cigarro, hago a usted mi heredero de los que quedan en la cajetilla.
_ Gracias, -dijo Luján- es usted muy valiente...
Ya llegaban, cuando resonaron unos gritos:
_ ¡Eh! ¡Luján! -era otro chileno- ¡Párase! ¡Espéreme!
El coronel resolvió que su orden era Injusta y feroz.
_ Ordena el coronel - dijo el emisario - que no fusiles a estos cholos y que los lleves al depósito de prisioneros.
- Me alegro - contestó Luján - porque el capitancito me ha sido simpático...
Me ha hecho su heredero.
Frente a los cautivos expresó:
- Traigo buenas noticias, ya no los fusilo.
- Entonces,
-contestó el imperturbable capitán- se quedó usted sin herencia. Devuélvame mi cajetilla.
Fuente: Tradiciones De Ricardo Palma.
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